La Torre Oscura 1


 
Comentario

EL PISTOLERO El hombre de negro huía a través del desierto, y el pistolero iba en pos de él. El desierto era inmenso, la apoteosis de todos los desiertos, y se extendía bajo el firmamento en todas direcciones en una distancia de tal vez varios parsecs. Blanco, cegador, reseco, desprovisto de cualquier rasgo distintivo salvo por la tenue silueta brumosa de las montañas recortadas en el horizonte y por la hierba del diablo, que producía dulces sueños, pesadillas y muerte. Alguna que otra lápida señalaba el camino, pues el borroso sendero que serpenteaba sobre la gruesa corteza alcalina otrora había sido una pista recorrida por diligencias. Desde entonces, el mundo había avanzado. El mundo se había vaciado. El pistolero caminaba impasible, sin apresurarse ni entretenerse. De su cintura pendía un odre de cuero casi lleno de agua, como una salchicha inflada. En el transcurso de muchos años había ido avanzando en el khef hasta alcanzar el quinto nivel. De haber llegado al séptimo o al octavo no tendría sed; habría podido observar la deshidratación de su cuerpo con un desapegado interés clínico, enviando el agua a sus resquicios y oscuros huecos internos sólo cuando su lógica se lo indicara. No estaba en el séptimo ni en el octavo nivel. Estaba en el quinto. Por lo tanto, tenía sed aunque no sintiera ningún anhelo especial de beber. De una manera vaga, todo aquello lo complacía. Era romántico. Por debajo del odre de agua se hallaban las pistolas, cuyo peso se adaptaba a su mano con toda precisión. Las dos correas se cruzaban sobre su bajo vientre. Las fundas estaban tan bien engrasadas que ni siquiera aquel sol de justicia podría agrietarlas. Las culatas de los revólveres eran de sándalo, amarillas y de finísima textura. Las fundas iban sujetas a los muslos mediante cordones de cuero sin curtir, y oscilaban pesadamente contra las caderas. Las vainas de latón de los cartuchos embutidos en las cananas centelleaban y emitían destellos como un heliógrafo bajo el sol. El cuero crujía levemente. Las pistolas, en cambio, no producían el menor ruido. Habían vertido sangre. En la esterilidad del desierto sobraban los ruidos. Su ropa era incolora como la lluvia o el polvo. Llevaba una camisa de cuello abierto, con una tirilla de cuero enlazada con holgura en los ojales perforados a mano. Los pantalones eran de tela basta y las costuras estaban desgastadas...

 


 
 

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