Kraken Acecha


 
Comentario

Yo soy un testigo digno de crédito; usted es un testigo digno de crédito; prácticamente, todos los hijos de Dios somos, según estimación propia, testigos dignos de crédito..., lo cual da lugar a que, de un mismo asunto, se tengan versiones e ideas muy diferentes. Casi las únicas personas que yo conozco que estaban completamente de acuerdo en todos los puntos sobre lo que vieron la noche del 15 de julio eran Phyllis y yo. Pero, como daba la casualidad de que Phyllis era mi esposa, la gente decía - a espaldas nuestras, naturalmente - que yo la había «convencido a pesar suyo», idea que sólo podía ocurrírsele al que no conociera a Phyllis. La hora era las once y cuarto de la noche; el lugar, latitud treinta y cinco, unos veinticuatro grados al oeste de Greenwich; el barco, el Guinevere; la ocasión, nuestra luna de miel. Sobre estos datos no existe discusión posible. El crucero nos había llevado a Madeira, las Canarias, las islas de Cabo Verde, y había vuelto hacia el norte para enseñarnos las Azores en nuestro viaje de regreso a casa. Nosotros, Phyllis y yo, paseábamos por cubierta, tomando el aire. Del salón llegaban hasta nosotros la música y el jaleo del baile, y el crooner aullaba por alguien. El mar se extendía ante nosotros como una llanura plateada a la luz de la luna. El barco navegaba tan suavemente como si lo hiciera por un río. Nosotros contemplábamos en silencio la inmensidad del mar y del cielo. A espaldas nuestras, el crooner continuaba berreando. - Estoy tan contenta que no siento como él; debe de ser devastador - dijo Phyllis -. ¿Por qué la gente, cuando forma masa, produce estos aterradores sollozos? Yo no tenía respuesta preparada para eso, y ya había conseguido encontrar una a propósito cuando la atención de Phyllis quedó captada de repente por otra cosa. - Marte parece enfadado esta noche, ¿no te has dado cuenta? Espero que eso no sea de mal agüero - dijo. Miré hacia donde ella señalaba; un punto rojo entre miríadas de puntos blancos, y experimenté cierta sorpresa. Por supuesto, Marte siempre está rojo, pero yo nunca lo había visto tanto como aquella noche... aunque tampoco las estrellas, vistas desde casa, eran tan brillantes como lo eran aquí. Bueno, acaso en los trópicos fuera así. - Sí, está un poco encendido - convine con ella. Por unos instantes contemplamos el disco rojo. Luego, Phyllis dijo: - Tiene gracia. Produce la impresión de que se va haciendo más grande. Expliqué que eso era una alucinación producida por mirar fijamente. Continuamos mirando, e indiscutiblemente iba aumentando de tamaño. Además: - Hay otro. No pueden ser dos Marte - dijo Phyllis.

 


 
 

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